TEXTO: PABLO ORTEGA/ FOTOGALERÍA: MÓNICA CALLE | 16 DE DICIEMBRE DE 2011
Es innegable que la pasión por lo retro lo invade todo: moda, decoración, música... pasando, como no podía ser de otra manera, por las series de televisión y el cine. De hecho, la imagen que acompaña estas líneas bien podría ilustrar nuestra sección ‘Fotos con historia’ de no ser porque se trata, en realidad, de una de las secuencias de The artist, que llegará a nuestros cines el próximo 16 de diciembre con el aval de sus cuatro nominaciones a los premios de la Academia Europea de Cine, incluido el de Mejor Película. Aun así, no deja de sorprendernos que el cineasta francés Michel Hazanavicius haya tenido los arrestos de rodar un filme a imagen y semejanza de aquellas películas de finales de los veinte y principios de los treinta. Y no nos referimos a que la haya ambientado estéticamente en aquella época, sino a que se ha atrevido a realizar una cinta muda y en blanco y negro en un momento en el que parece que la mayoría de espectadores sólo están dispuestos a rascarse el bolsillo para entrar a una sala de cine a cambio de emociones fuertes a golpe de motion capture, tres dimensiones y demás virguerías tecnológicas. Paradójicamente, este regreso al pasado constituye una bocanada de aire fresco en el panorama cinéfilo. La película se presentó en la pasada edición del festival de Cannes como una de las grandes favoritas a la Palma de Oro, galardón que finalmente cayó en las manos de Terrence Malick por El árbol de la vida.
The artist relata la gran revolución que supuso la llegada del cine sonoro para la industria de Hollywood. Y lo hace a través de dos personajes cuyos destinos se irán entrecruzando a lo largo de los años. Por un lado, George Valentin (interpretado por Jean Dujardin, quien sí consiguió llevarse el gato al agua en Cannes como Mejor Actor), un afamado galán de la época que verá cómo su exitosa carrera se acaba de la noche a la mañana con la llegada del nuevo formato. Por otro, Peppy Miller (una adorable Bérénice Bejo), que pasará de ser una simple extra a convertirse en la nueva musa de la etapa que acaba de comenzar. Junto a los dos protagonistas (hasta ahora sólo conocidos en su país), encontramos a secundarios de lujo como John Goodman y Malcolm McDowell.
Cine arriesgado, que prescinde de artificios pero derrocha ternura y humor, que nos regala una puesta en escena formidable y una magnífica elegancia formal. Su propio título podría entenderse como una declaración de principios; como una reivindicación de que la esencia de la interpretación reside en los gestos, las miradas, las sonrisas y en esa arrebatadora química que mantienen los protagonistas. Ya lo decía Peter Jackson hace sólo un par de meses en estas mismas páginas: “Me río de los que piensan que la tecnología digital acabará desplazando a los actores”. Y es que una imagen (bien rodada) vale más que mil palabras, añadimos nosotros.