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Fama, dinero y mujeres. Una entrevista con Carlos Salem

Carlos Salem |
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El escritor de origen argentino –aunque ya más madrileño que la Mahou- Carlos Salem acaba de añadir una nueva muesca a su cinturón literario. Os presentamos una entrevista, en exclusiva, con el autor de 'Un jamón calibre 45', para Esquire.

TEXTO: JAVIER MÁRQUEZ SÁNCHEZ/ VÍDEO: DIEGO PÉREZ | 11 DE ENERO DE 2012

Once títulos van ya -tres poemarios, dos libros de relatos, una obra de teatro y cinco novelas- desde que en 2007 apareciese su primera obra, Camino de ida. Ahora ha publicado con RBA Un jamón calibre 45, una historia tejida a base de humor, violencia, sexo y un solitario Madrid estival, protagonizada por “un desgraciado como tú y como yo que se enfrenta a una situación límite; eso es para mí la novela negra”. Además, Ediciones La Escalera acaba de presentar una edición ampliada y revisada de su magnífico libro de relatos Yo también puedo escribir una jodida historia de amor. Aprovechando la ocasión, hablamos con Carlos Salem en su segundo hogar en el bar madrileño Los Diablos Azules (Apodaca, 6), donde organiza cada semana veladas poéticas y narrativas.

¿Podríamos decir que ‘Un jamón calibre 45’, el título en sí, es una buena definición de tu estilo: negro, latino y con humor, desmarcándote de los cánones clásicos?
También era una manera de romper. Yo ofrezco lo que prometo. Lo que ves en ese título es lo que vas a encontrar en la novela. También quería transmitir ese cierto desconcierto que sentí cuando llegué aquí hace veinte años. Tras seis meses sentías que ya no eras de Argentina pero tampoco de aquí. Un jamón calibre 45 es una novela negra, posiblemente la más negra de las mías, pero muy ibérica. ¡Pura pata negra!

Nicolás Sotanovsky parece ser un personaje más autobiográfico que nunca. ¿Cuánto de Carlos Salem hay en él?
Aunque la novela transcurra en los últimos cinco años, en realidad el protagonista soy yo con veinte años menos; con el mismo morro, las mismas preguntas y el mismo desconcierto, pero menos pelo. Nicolás va cada viernes a Correos por si ha recibido carta de Ella, buscando un motivo para volver a Argentina. Dos preguntas al respecto: ¿Eres capaz de tener una paciencia similar, de estar esperando semana tras semana carta de alguien? Necesidad no, paciencia sí. La gente más desordenada del mundo, como el propio Nicolás o como yo mismo, se aferra a mínimos rituales, uno o dos, para sentir que tiene alguna raíz o algún ancla en algún sitio, y es algo más romántico que otra cosa. Él va a buscar esa carta cada viernes sabiendo que esa carta no va a llegar, y se engaña diciéndose que se ha venido de Argentina por la pena de amor, cuando en realidad se ha venido porque es un tipo que siempre se va; es un tipo que siempre vas a ver de espaldas. En un momento de la novela se dice “ahora me quedo, ahora que no me conviene me quedo, porque sí”. Y luego se vuelve a ir.

¿Podría darse en tu caso que la carta de alguien te hiciese volver a Argentina?
No. Podría ser un telegrama con alguna desgracia familiar, pero no. Digamos que todas las cuentas con mi vida sentimental las voy pagando día a día, o no las pago, porque soy un moroso sentimental en muchas cosas.

Los bares son los escenarios habituales de tus novelas. Más allá del componente etílico, ¿qué tienen los garitos que tanto nos atraen?
Hay una diferencia entre el bar de pueblo y el bar de ciudad. El bar de pueblo es el centro social, el ayuntamiento paralelo, donde se establece quién tiene cuernos y quién no. Es un montón de cosas que pueden ser graciosas pero que muestran por lo general lo peor de la sociedad. El bar de ciudad es muy diferente, es un lugar de paso, donde no sabes a quién te vas a encontrar. Si estás solo y te dedicas a observar, puedes ver historias de amor, de desamor, de traición… ves un montón de cosas. Y seas o no escritor, es como ir al cine. Y desde luego son importantes más allá del alcohol, porque los bares son como los agujeros de gusano que hay en la ciudad, es decir, tú puedes ir siempre al mismo bar y un día cambias y de pronto conoces a la mujer de tu vida, a un amigo para siempre o te parten la cara. En una ciudad tienes que tener al menos uno o dos bares en los que te sientas como en el salón de tu casa aunque no vayas en pantuflas.

En estos días de crisis económica, de políticos más corruptos que nunca, de bancos que no dejan de ganar a pesar de que cada vez hay más familias que pierden su casa, ¿podría decirse que la novela negra vuelve a recuperar papel con el que reinó en los años 30 y 40?
Sí, no cabe duda de esa nueva fuerza. Pero además, a mí cuando me han preguntado por el auge de la novela negra en Latinoamérica, en Argentina, siempre digo lo mismo, que allí la realidad es una novela negra; pues aquí empieza ya a serlo. Y por otro lado, la novela negra ha pasado de ser el hermanito pobre de la literatura a ser un género que vende. Y a muchos escritores teóricamente serios -tradúcelo por aburridos y en algunos casos malfollados-, les dicen “Oye, mientras te terminas la novela buena, ¿por qué no te haces una novelita negra?”.

Pero ha pasado otra cosa más, y es que hoy la novela negra es en sí casi un protogénero, porque lo invade todo. Si te vas a cualquier librería, fuera del estante de novela negra sigues encontrando libros en los que hay un muerto, una investigación, un policía… Y eso tiene que ver con el hecho de que la novela negra tiene algo que es inherente a cualquier novela: uno lee para saber cómo acaba la trama, para descubrir algo. Eso, más la realidad, más la situación que se nos viene… Corrupción siempre ha habido, la diferencia es que Camps se pasea como quiere y Juan Guerra tuvo que abandonar su cargo, pero aquí los chorizos siempre han robado con las dos manos. Pero es cierto que la realidad se está convirtiendo en una novela negra.

Además, hay mucha gente nueva que está perdiendo los complejos, que sabe que una buena novela negra primero tiene que ser una buena novela, y hay malas novelas, que por mucho que vendan no dejan de ser bodrios. Ya quisiera yo vender como Ruiz Zafón, pero por más que lo estén inflando, va a seguir vendiendo mucho más que yo y que todos mis amigos juntos, pero ya no engaña a tanta gente. Al fin y al cabo el novelista es un farsante un mentiroso, pero si te engaña con su verdad es un engaño que tú no sientes como insulto, pero si te engaña porque te toma por una oveja que compra el libro que le dicen, eso ya no dura tanto…

Ya que hablamos de crisis y de novela negra, ¿qué ocurrirá con la Semana Negra? Parece que ya es seguro que no será en Gijón.
Yo soy públicamente optimista e íntimamente pesimista. No me quiero creer que se pueda perder algo como la Semana Negra. Tengo la suerte de ir a una veintena de encuentros de este tipo en Francia, donde hay 50 o 60 salones de novela negra al año, pero no hay nada que se parezca a la Semana Negra, no ninguna cita así en todo el mundo que sea como la Semana Negra de Gijón, y perder eso en virtud de una venganza pueblerina de esta gente del Foro me parece terrible. Cierto es que la Semana Negra siempre ha tenido algo de ideológica, porque ha sido durante 25 años la República Popular de las Letras durante diez días en Gijón.

Gijón me parece una ciudad maravillosa, pero iría sólo una vez, y sin embargo hay gente que va todos los años, especialmente, que procesiona. Y esa mezcla de géneros, esa apertura, eso que siempre se ha criticado tanto de que alguien compre churros y justo al lado compre libros… No puede perderse todo eso. ¡Pero si se vendieron 44.000 libros este año! ¡Si una vez llegué a vender yo más libros en la Semana Negra que Stieg Larsson! Eso es muy bueno, porque quiere decir que la gente que no suele comprar libros, en lugar de llevarse lo que ve destacado, en pilas, pregunta, se deja aconsejar por los libreros, y al año siguiente esa misma gente vuelve a por nuevas sugerencias. Y es un millón de personas la que pasa por ahí.

Está claro que es algo que no debería perderse. Por otro lado, creo que es muy encarnizado lo que quiere hacer el Gobierno de Gijón, aprovechando la crisis y mintiendo, porque no olvidemos que por cada euro que pone en servicios Gijón, recibe a cambio once de la Semana Negra. Ni un banquero. Ya veremos dónde se celebrará finalmente. Yo tengo mi alternativa: una Semana Negra nudista en Vega, Almería, y allí se verá de verdad quién entiende de armas.

Al margen de tu trabajo como autor últimamente estás también implicado en el mundo editorial a través del sello NUC (Negra, Urbana y Canalla).
Me propusieron coordinar una colección y a priori no me convencía la idea, porque yo no soy editor. Pero después me planteé que yo tardé diez años de más en publicar, cuando mucha gente leyó novelas mías, escritores importantes, y me decían que eran muy buenas; pero nadie movió un dedo por ayudarme. Cuando tienes ya un pequeño nombre y conoces algunos timbres y algunos teléfonos, tienes que decir si haces como hicieron ellos o como hizo otra gente que me ayudó en lo poco o mucho que pudo. Así que pensé que era interesante un proyecto como éste, que sirve para que se vaya conociendo poco a poco a gente como Janet Acosta, Kike Ferrari o Sebastien Rutés.

Has publicado tres poemarios, dos libros de relatos, cinco novelas y una obra de teatro. ¿En qué campo te sientes más cómodo?
Sólo en la novela. Me gusta el cuento, pero no hay relato mío al que no le cambiaría una palabra. En la poesía me desnudo, y yo desnudo soy un espectáculo feo o maravilloso, depende del gusto de cada lector. Por otro lado, respeto mucho el teatro, por eso tardé diez años en conseguir esa obra y estoy con otra en la que echaré otros diez. También estoy haciendo algo de guión y de cómic, pero mi género es la novela. A los diez años decidí que quería ser novelista. Me equivoqué, porque pensaba que iba a estar rodeado de fama, dinero y mujeres, y quitando lo de las mujeres no he conseguido nada más. Siempre he querido ser novelista y es lo que soy. Y soy feliz así.

Y como extra a esta entrevista, una pieza de vídeo que da cuenta de nuestra intensa tarde con el autor.

[ Puedes ver y utilizar el vídeo en tu web /blog desde Youtube y Vimeo]

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