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In the Army now

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Su país les necesitaba y no dudaron en acudir a la llamada, aunque para ello tuvieran que dejar vacíos los platós de cine. Desde Iwo Jima a Sicilia pasando por Normandía, las estrellas de Hollywood cumplieron con su deber.

RUBÉN SÁEZ | 31 DE ENERO DE 2012

Les propongo un juego: imagínense a Lee Marvin agazapado en el barro con una 45 automática en la mano y rodeado de enemigos en alguna remota isla del Pacífico. Imagínense, además, que ese hombre con pinta de tipo duro, labios prominentes y el pelo blanco como la nieve, es el último superviviente de su compañía y que no tiene nada que perder salvo, por supuesto, su vida. ¿Les suena? De acuerdo, podría ser el argumento de cualquier película bélica de los 70, e incluso puede que hayan visto una escena similar protagonizada por algún bruto hipermusculado e inexpresivo. ¿Pero qué pensarían si les dijera que se trata de una escena real? Pues sí, señores, así es. Resulta que Marvin la vivió en primera persona mucho antes de convertirse en una estrella del cine de acción. Fue el 19 de junio de 1944, cuatro días después de ‘el otro Día D’, la manera en que los veteranos denominan al desembarco de las tropas aliadas en la Isla de Saipán. Pero si quieren leer el final de la historia, tendrán que acompañarme primero.

La primera parada es el 7 de diciembre de 1941 o, en palabras del Presidente Roosevelt, “la fecha que pervivirá en la infamia”. La aviación japonesa acaba de bombardear Pearl Harbor y el Comandante en Jefe ha anunciado la entrada en la guerra. Desde ese momento, decenas de miles de americanos se sienten espoleados a alistarse y participar en una contienda que hasta ese momento les había parecido poco menos que una extravagancia europea. Entre ellos hay gente anónima, desconocidos que, si sobreviven, tal vez se conviertan en estrellas, pero hay también otros que, disfrutando de las mieles de la fama, lo abandonan todo para cumplir con su deber. Fue Henry Fonda quien mejor lo expresó: “Este es mi país y quiero estar allí. No quiero estar en una guerra falsa en un estudio”. Así que cuando América acude presta –aunque un poco tarde– a encontrarse con la Historia, ellos, ya fuesen en busca de la gloria, el reconocimiento, el castigo o el sacrificio (pues de todo hubo), se entregarán también al furor de la autoafirmación que bautiza con sangre a todo combatiente.

Si uno revisa las listas oficiales de alistamiento, encontrará nombres como Paul Newman, Kirk Douglas, Henry Fonda, Charlton Heston, Jack Lemmon, Rex Harrison, Tyrone Power... La lista es casi interminable. Y si se bucea un poco en la limitada bibliografía –por supuesto, en inglés– acaba por ver un sinfín de rostros legendarios vistiendo el azul de la armada o el verde del cuerpo de marines. Esta es nuestra segunda parada: escenas que parecen sacadas de una película y que quizá imaginemos en blanco y negro. Vemos a un jovencísimo Tony Curtis –sus ojos no le han hecho famoso todavía– en su puesto del acorazado USS Proteus, contemplando orgulloso la rendición japonesa en la bahía de Tokio; y a Paul Newman escapando por los pelos de una muerte segura gracias a una enfermedad que le mantiene milagrosamente en tierra mientras todos sus compañeros mueren abrasados tras un ataque durante la Batalla de las Ardenas. Por las noches, divierte a sus compañeros parodiando a gritos los mensajes propagandísticos de los alemanes. Me dirán: todos hemos visto esas películas. Pero ocurrió, vaya que sí, y aunque no hay espacio para mencionarlos a todos, déjenme que les cuente algunas cosas.

Nuestra tercera parada nos lleva a un barracón de alistamiento. Una decena de jóvenes espera pacientemente mientras tres oficiales van pronunciando sus nombres. Entre ellos, hay un hombre delgado que se ha pasado cuatro semanas alimentándose de dulces, plátanos y cerveza para llegar al peso mínimo. No quiere que le vuelvan a rechazar. Su nombre es Jimmy Stewart, y el año antes había ganado el Oscar al Mejor Actor por Historias de Filadelfia. Está a punto de renunciar a un sueldo de 15.000 dolares semanales –cortesía de MGM– para recibir los 21 dólares mensuales de la paga de un soldado. Es el primero, pero pronto le seguirán otros muchos. Gracias a sus estudios, consigue ser aceptado con el grado de 2º Teniente y se incorpora de inmediato a una escuela de entrenamiento de vuelo. Allí, instruye a los reclutas en el manejo del bombardero B-17 mientras espera ansioso su transferencia a un puesto de combate. Al final de la guerra, en el currículum militar de aquel hombre escuálido que representó mejor que nadie al honrado estadounidense medio, constarán nada menos que veinte misiones sobre suelo alemán y el rango de coronel en recompensa a sus servicios. Años después, será nombrado Teniente General de la Reserva de la Fuerza Aérea de los EE UU, el más alto rango jamás alcanzado por un actor americano a excepción, por supuesto, del Comandante en Jefe Ronald Reagan.

Vayamos ahora a Los Ángeles, un 16 de enero de 1942. Clark Gable, el Rey de Hollywood, recibe una trágica noticia: su mujer, Carole Lombard, acaba de morir en un accidente de avión mientras promocionaba los bonos de guerra. El actor, hundido, se esconde en su casa de campo de Rouge River y bebe sin parar durante tres semanas. Luego viaja a Washington a entrevistarse con el General H. H. Arnold. Ha tomado una decisión: alistarse, y nadie sabe con certeza si busca la muerte o la venganza. Hasta entonces, en palabras de David Niven, “la guerra sólo era para él algo que leía en el periódico antes de pasar a la página de deportes”. Pese a superar el límite de edad (tiene 41 años), consigue ingresar en las Fuerzas Aéreas, donde le asignan a la Primera Unidad de Filmación de Películas (la legendaria FMPU) al mando del Teniente Coronel Jack Warner. Le acompañan Alan Ladd, Ronald Reagan, George Montgomery y otros actores de Hollywood. Pero el Rey, que acabará convirtiéndose en el Mayor Clark Gable, quiere luchar, y a pesar de los esfuerzos del Alto Estado Mayor por evitarlo –su muerte en combate hubiera sido una malísima propaganda–, participa en misiones de guerra. Niven, quien le recibió con asiduidad en su casa de campo le recuerda “logrando superar poco a poco la muerte de Carole (...), aunque creo que en cada alemán abatido no dejó de verla ardiendo entre las llamas”.

La vocación militar del Teniente Coronel James David Graham Niven le venía de lejos. Su abuelo materno fue general y su padre murió en la Batalla de Gallipoli mientras servía con los Berkshire Yeomanry cuando él sólo tenía cinco años. Él mismo fue educado en el equivalente británico de West Point, el elitista Royal Military College, entrando luego en la Infantería Ligera de los Highlanders en contra de sus deseos, pues “prefería servir en un cuerpo honorable que vistiese el kilt escocés, y no esos horribles pantalones de tartán”. Dejará el ejército para triunfar en Hollywood, pero es 1939 y Niven ha decidido regresar. Lo hace, eso sí, de una manera extravagante, pues se detiene en Italia para tomarse una copa con un amigo alemán que se dirige a su país para alistarse, y jugará al golf con el Conde Galeazzo Ciano, el yerno de Mussolini. Rechazado en la RAF por su condición de actor, acaba enrolado en la Rifle Brigade, el cuerpo de élite de la infantería británica, donde tuvo a Peter Ustinov como ayudante de campo. Aunque siempre minusvaloró su participación en la contienda (“La mayoría de los voluntarios estaban hechos de una pasta más dura que la mía. No fui ningún héroe”), acabada la guerra tuvo la oportunidad de detener a un general alemán. Niven conducía por una carretera cerca de Brunswick cuando vio pasar a dos campesinos en una camioneta. El actor se percató de que uno de ellos llevaba botas de campaña, paró la camioneta y apuntó al hombre con su pistola, diciéndole: “¡Identifíquese!”. El general le dio su nombre y rango. “¿A dónde se dirige?”, preguntó Niven, y el alemán contestó: “A casa. No está lejos de aquí, apenas un kilómetro”. Niven se compadeció del general vencido y le dejó seguir: “Continúe, señor, pero tape esas malditas botas”.

También podríamos hablar, por ejemplo, de Sir Alec Guinness, el primero en llegar a Cabo Passero durante el desembarco aliado en Sicilia, que tuvo que darse la vuelta sorprendido por el tardío bombardeo de su propio ejército. El actor se dirigió más tarde enfadado a un comandante de la Royal Navy que le había preguntado por su profesión: “Soy actor, señor, y me permitirá añadir, como actor, que si en Londres se anuncia que la función va a comenzar a las ocho de la tarde, comienza a las ocho de la tarde y no una hora después, algo que la armada debería sin duda aprender”. O de Jack Palance, cuyo rostro pétreo y doliente fue el resultado de las graves heridas sufridas después de un aterrizaje forzoso cuando servía como piloto en el 455º Grupo de Bombardeo de las Fuerzas Aéreas.

Pero permítanme regresar a Saipán. Son las seis de la mañana y la 1ª Compañía del 3er Batallón del 24º Cuerpo de Marines se dispone a tomar a sangre y fuego el monte Tapotchau, un avispero de unos 500 metros de altura infestado de cuevas, minas y nidos de ametralladoras. Son sólo 247 hombres, pero estamos hablando de la Infantería de Marina, la crème de la crème del más duro ejército del mundo, dispuesta a honrar hasta la muerte el eslogan de la compañía: Semper fidelis (siempre fieles). Quince minutos más tarde, sólo seis hombres sobreviven agazapados en un agujero de obús, rodeados por 27 puestos de ametralladoras. Entre ellos, ya lo saben, está Lee Marvin, intentando agazaparse para no recibir un balazo. “Hay dos partes del cuerpo a la vista del enemigo cuando te tiras al suelo: tu cabeza y tu trasero. Si se ve la primera, te matan; si levantas la otra, te meten un tiro en el culo. Ahí fue donde me dispararon. Fue un agujero bastante grande –recibió 56 puntos de sutura–, pero seguía vivo y todavía tenía mi 45 automática para pegar unos cuantos tiros”. Milagrosamente, Marvin consiguió ser evacuado antes de que un obús reventase su posición. Por sus acciones de aquel día recibió el Corazón Púrpura, aunque siempre lo despreció (“se lo daban a cualquiera que no tirase el arma y echase a correr”). Pero hay aún una última imagen que deberían recordar. Postrado en la playa, Lee ve a Charles Zickafoose, un marine de su mismo pueblo. “Oye, Zeek”, le dice, “si llegas a casa antes que yo, dile a mamá que venda la letrina, no creo que me vaya a acuclillar nunca más”.

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