MARTA FERNÁNDEZ | 26 DE DICIEMBRE DE 2011
Todas las mujeres hemos querido algún día sonreír como Audrey y pestañear como Marilyn. Y pasear en moto con Gregory (Peck). Y dejar que el aire subterráneo de Nueva York recorra nuestras piernas. Todas nos hemos mirado en un escaparate sin ver más allá del cristal, sin pasar del reflejo de una mujer a la que quizá no conocemos tanto como creíamos. Todas las mujeres tenemos en el armario unas manoletinas para cuando queremos ser una jovencita pizpireta y unos tacones infernales para cuando nos levantamos con ganas de cantar ante la tropa. Todas guardamos al fondo del cajón un desengaño y un sufrimiento, un poema que nunca acabamos y un libro que nadie se cree que hemos leído.
Todas las mujeres mitómanas hemos caído alguna vez en la tentación de cantar Moonriver mirando por la ventana, aunque lo que se vea al otro lado sea la ropa tendida de un patio de vecinos de La Latina. Todas las que un día escuchamos a Marilyn susurrando hemos decidido que es mejor bajar el tono para cantar en público Happy birthday. Y nos da igual que jamás podamos decir dear President. Todas las mujeres hemos deseado en algún momento ser rubias y quedarnos en los 36 años. Pero los días en los que nos puede la sensatez, deseamos ver canas en el espejo y que nuestra cara lleve la huella de lo que hemos luchado y lo que hemos reído. Y aunque las chicas con tendencia a la novela hemos soñado con reflejarnos en las gafas de un Arthur Miller, lo que de verdad nos quita el sueño es encontrar un Robin al que declararle nuestro amor antes de que se haga demasiado tarde. “Te amo más que a todo, más que a los niños, más que a los campos que planté con mis manos, más que a la plegaria de la mañana, o que a la paz, más que a nuestros alimentos. Te amo más que al amor, o a la alegría o a la vida entera. Te amo más que a Dios”.
Todas las mujeres tenemos días en los que salimos de casa con el suave contoneo de una Marilyn incipiente y regresamos convertidas en ingenuos cervatillos herpburnianos. Todas sabemos lo que significa tener un día rojo y no encontrar un Tiffany’s donde sentirse segura. Todas hemos jugado a dejar sin nombre al gato. Y a lanzar besos en la punta de los dedos. Todas las mujeres hemos tenido nuestro profesor Higgins, nuestro Joe DiMaggio, nuestro Givenchy y nuestro Montgomery Clift. Todas aprendimos a besar con Audrey en la última escena de Desayuno con diamantes y lloramos como Marilyn en Vidas rebeldes. Todas tenemos mañanas en blanco y negro y tardes en Technicolor. Todas queremos ser al mismo tiempo voluptuosas y delgadas. Inocentes y perversas. Jilgueros y panteras. Todos los hombres han deseado tener una vecina rubia que enfría la ropa en el congelador o a una morena que olvida las llaves del portal y sonríe al otro lado de la escalera. Todos han buscado en nuestros ojos la ingenuidad de Sugar tocando su ukelele o la inteligencia de la Reggie de Charada. Todos se han enamorado alguna vez de la morena sin saber que en realidad se estaban enamorando de la rubia que llevamos dentro.
Marta Fernández y las 10 cosas que todo hombre debería conocer
"Si os regalamos una PS3, desconfiad, porque es probable que vayamos a dar con un juego con el que sabemos que podemos machacaros". Marta Fernández nos cuenta diez cosas que los hombres desconocemos de las mujeres.