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Josep Piqué

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Josep Piqué | THOMAS CANET
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Hace tiempo que Piqué dejó la función publica y regresó al fascinante mundo de la empresa. Esquire estuvo con él y comprobó por qué se siente feliz con mayúsculas.

ANDRÉS RODRÍGUEZ | 10 DE MAYO DE 2011

 

Es extraño, pero no puedo evitarlo. El rostro de Piqué (Josep) me recuerda al poderoso careto de Steve Buscemi. Y me imagino perfectamente al empresario catalán en uno de los capítulos de Boardwalk Empire de Scorsese. Desde luego, sus oficios aparentemente no tienen nada que ver, pero la política y la empresa tienen muchos recovecos. Recuerdo haberle visto hace ya algún tiempo, en la sala VIP del viejo aeropuerto de Barcelona (reducto de poder en el puente aéreo, entre panchitos y una montaña de diarios bilingües. Piqué estaba inmerso por entonces en la farragosa tarea de defender al  PP de Cataluña y ponía a prueba la batería de su por entonces novedosa Blackberry sobre un taburete de bar que a mí se me asemejaba a los equilibrios políticos de su candidatura. Cuatro años después, Piqué es otro hombre (aunque no sea nuevo del todo).

A la cita con Esquire, una decena de metros bajo la estatua de Minerva, en la calle de Alcalá, llega tarde; no mucho, pero tarde; seguramente porque se ha empeñado en venir al centro de Madrid conduciendo él mismo su utilitario. Desconozco la marca. No soy el único que le espera. Su Directora de Comunicación, ex compañera de batallas, me ameniza la espera rememorando diversas puñaladas de la política municipal. “Si lo ves no te lo crees”. Suena el móvil. Piqué se disculpa por el retraso. No encuentra sitio para aparcar. Normal. Aparece por fin cinco minutos más tarde. Le espera también otra de sus asistentes para que le firme unos documentos. Parece tener una agenda completa porque aprovecha los segundos previos a la entrevista para despachar papeleo y comentar, como buen aficionado a la comida nipona que es, que actualmente ostenta el cargo de Presidente del Foro España Japón y que ayer probó un sushi extraordinario en la embajada del país del Sol Naciente (“¿conocerá la barra del Shunka en Barcelona?”, me pregunto mientras preparo la grabadora del iPhone). L o cuenta con entusiasmo y para demostrarlo nos enseña el menú. “Se han traído a su propio cocinero… Bueno, eso no es extraño”, susurra con un hilo de voz modulado construido sobre años de ejercicio en el discurso público. “Impresionante. Un menú largo, pero extraordinario”. Nos pone los dientes largos.

A caricia Harper´s Bazaar, Esquire y Robb Report. “Conozco las revistas”, me dice. “Se las ofrecemos a nuestros viajeros en Vueling”. “Lo sé”, le respondo, “soy el editor”. “Enhorabuena, me gustan mucho”, afirma. Exiliado de la política (puede prometer y promete que definitivamente), el Presidente de Vueling disfruta de su renacimiento personal como consultor de empresas y consorte de una de las periodistas más solicitadas de España.

Hace tiempo que Piqué dejó la función pública y regresó al fascinante mundo de la empresa. Josep (la persona, no el personaje público) cambió de pareja, se enamoró (desconozco si fue en este orden) y se casó con una periodista de ésas que luchan con las noticias en su día a día; su nombre, Gloria Lomana, Directora de Informativos de Antena 3 Televisión y que nada tiene que ver con la actual pseudocelebrity de igual apellido. A cuestas con la política Le obligo a hacer memoria. “Sí, es difícil irse de la política”, concede, “porque estás allí por un compromiso. Te sientes obligado por los que te acompañan, pero para mí no es una novedad estar en la actividad privada. Entré en política un poco por casualidad. Nunca tuve intención de quedarme mucho tiempo, aunque luego le he dedicado casi 15 años al interés general. He sido profesor, he trabajado para La Caixa y ahora vuelvo a estar en el mundo empresarial. Y me siento muy cómodo, sigo apasionado por la política”. Aprovecho para plantearle una sensación (ahora que está más cerca de la información que nunca). “En el día a día, ¿por qué cree que nos abrasan tanto los informativos con declaraciones de políticos construidas para justificar los minutajes?”, pregunto. “Al final los medios reflejan en lo que se ha ido convirtiendo la actividad política”, comenta Piqué, “que hoy es más un juego de declaraciones y contradeclaraciones que una búsqueda de soluciones. Eso tiene un nombre, la pérdida de calidad en el debate público. Ésa es la razón del desapego ciudadano. Los medios reflejan eso, pero fíjese, hace unas décadas la política ocupaba un minutaje importante de los informativos, ahora es una sección más y puede que ni tan siquiera sea la principal”. No estoy tan de acuerdo con Piqué. Las razones del preocupante desprestigio político en España tienen que ver con las formas y la formación de sus protagonistas. “La política tiene escasísimo prestigio”, contesta. “No es un problema exclusivamente español, pero en nuestro país está agudizado. Y es curioso porque hace treinta años, cuando comenzamos la Transición, la clase política tenía buena imagen. Quizá se percibía cierta ambición por el país, la libertad… y también generosidad”. Es una buena argumentación, pero desde luego pienso que la legislación no ayuda mucho, ¿no cree? “Hay otra reflexión más de fondo”, continúa. “Cuando salimos de la Dictadura, los constituyentes pidieron reforzar el papel de los partidos, antes prohibidos y muy débiles. Y eso ha tenido dos vías: una ley electoral que le da un enorme poder a los aparatos de los partidos y, en segundo lugar, un gran peso a los partidos para conformar las grandes instituciones del Estado. Y esas medidas han tenido un efecto claro. Un alejamiento de los representantes políticos de sus representados a causa de las listas cerradas”. ¿Cambiará eso algún día? ¿Lo veremos nosotros? “Es muy muy difícil, porque quien debería impulsar el cambio es el que sale más beneficiado del status quo”.

 

La prensa recomienda comprar acciones de Vueling. ¿Qué debo hacer, presidente? “Hombre, si miramos los resultados de la compañía, vemos que es uno de los valores más baratos que hay en la bolsa”, explica Piqué. “Le hemos dado la vuelta a la compañía en los últimos tres años. Hemos hecho una fusión estupenda. Cualquier analista que actúe con lógica recomendaría comprar. Lo que pasa es que muchas veces aplicar la lógica al mercado de valores no da resultados. Y yo, a pesar de las cenizas volcánicas, de los controladores y de los pilotos, soy optimista respecto a la empresa”. ¿Qué parte de ese éxito está en su gestión? “La función de un presidente”, contesta, “aunque no tenga funciones ejecutivas en el día a día, como es mi caso, es disponer de un gran equipo. Superamos la fusión y ahora mi misión es que el consejo de administración haga bien su función, orientando sus estrategias a la rentabilidad de los accionistas”. Parece un hombre extremadamente meticuloso, pero –como consultor– en la defensa de tantos frentes distintos, me pregunto cómo maneja su agenda. “Como puedo [se ríe por primera vez, aunque sin abusar de los decibelios]. Tengo una enorme ventaja, que espero que no parezca ofensiva, que es la de no tener jefe. Decía un gran diplomático español que la felicidad laboral consiste en no tener jefe y en poder ir al trabajo andando. Y estoy de acuerdo. Yo no puedo ir al trabajo andando, tengo que coger el avión muy a menudo porque comparto mi vida profesional entre Madrid y Barcelona, pero me organizo “como dijo un gran diplomático español, la felicidad laboral consiste en no tener jefe y en poder ir andando al trabajo. En función de los requerimientos de las empresas con las que colaboro, dedico mucho tiempo del fin de semana a revisar papeles, estudiarme los temas… Gracias a las nuevas tecnologías, puedo hacer muchas cosas desde casa”. ntes de despedirnos, le pido que me adelante alguna previsión de buen consultor. “Estamos pasando la crisis más importante de los últimos 80 años del mundo occidental”, sentencia. “Y eso es que las empresas son conscientes de que deben mirar hacia el exterior. Nos hemos concentrado en exceso en América Latina y queda mucho camino por recorrer en Asia y África. Este siglo va a dejar de ser occidental. Será un siglo probablemente asiático. Las grandes potencias emergentes, en apenas una generación, serán capaces de producir lo que todo Occidente en su conjunto, incluyendo los EE UU. China no sólo piensa en una conquista económica, también cultural. Lo iremos observando en cosas esenciales, como el arte o la arquitectura, y otras que parecen de menor orden, como –por ejemplo– la gastronomía. Y veremos en ese contexto cómo aplicamos nuestra nueva escala de valores”, concluye. Es hora de comer. Mi iPhone recupera su misión como teléfono y me voy digiriendo la conversación rumbo a un sushi bar donde calmar mi ansiedad cultural ante la silenciosa invasión china del siglo XXI. ¿Sake?

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