TEXTO: TONI GARCÍA/ FOTOGALERÍA: MÓNICA CALLE | 03 DE FEBRERO DE 2012
"Mira, tengo claro que en esto hay un gran componente de suerte. Pongámoslo así, en 2007 me ofrecieron hacer una película [Hunger] sobre Bobby Sands, un militante del IRA que murió tras una huelga de hambre. No era sólo que fuera un papel alucinante, que el guión fuera maravilloso y que el director fuera Steve McQueen, es que si en lugar de 2007 llega a ser 2008 –cuando la recesión arrasó con todo– la película nunca se hubiera rodado. Yo en aquel momento tenía treinta años y nada fijo, así que aquello fue simplemente estar en el lugar justo en el momento adecuado”.
Michael Fassbender (nacido en 1977 en Heidelberg, Alemania) es un tipo modesto, lo que explica por qué para contar dónde empezó a fraguarse su carrera no haga ni una sola mención a su inmenso talento. El actor, alemán de madre irlandesa que creció –precisamente– en Irlanda (donde su familia regentaba un restaurante), es uno de los rostros más potentes que ha dado el Séptimo Arte en los últimos tiempos. A su indudable excelencia como intérprete y un cuerpo de bailarín le une una labia prueba de bombas, casi tan extraordinaria como su amor por los pitillos. “Así es tío”, dice reclinándose en la silla de una villa en el Lido de Venecia, “Hunger supuso el gran cambio. De repente todo se aceleró y empecé a hacer un trabajo tras otro: ahora llevo veinte meses sin parar y me toca un
descanso. Me lo merezco" cuenta el actor que tiene su flamante motocicleta aparcada en la ciudad de los canales y a su padre disfrutando de un hotel de lujo a escasos metros: “Hace diez años que quería hacer un viaje con mi padre en moto. Primero pensamos en ir a EE UU pero luego propuse Europa. Llevamos ya 3.000 kilómetros, acabamos de llegar de Sarajevo, un viaje tremendo”.
Nuestro animado interlocutor estudió Arte Dramático en la Central School of Speech and Drama de Londres y antes del milagro de Hunger y la consiguiente revolución, iba arrastrando su talento de plató en plató. A pesar de ello no puede quejarse de sus primeros proyectos: Hermanos de sangre, una de las mejores series de televisión jamás emitida y producida por Steven Spielberg y Tom Hanks (donde tenía un papel muy secundario, eso sí) y una película llamada 300, realizada a mayor gloria de los espartanos y que se comió la taquilla mundial. Pese a ello, el inicio del siglo no fue tan distinguido como podría pensarse: “Es eso que llaman type-casting, donde siempre te ofrecen lo mismo. Por ejemplo, después de trabajar con Quentin Tarantino en Malditos bastardos todo lo que me llegaban eran guiones donde tenía que interpretar a apuestos oficiales británicos”, confiesa entre risas. “Pero volviendo a mis inicios en Londres, siempre me ofrecían el mismo papel de secundario en el mismo tipo de serie de televisión. Por suerte después he podido arreglarlo y he podido dedicarme a lo que más me gusta: meterme en la cabeza de distintos personajes que no se parezcan en nada los unos a los otros. Desde ese punto de vista me apasionan los personajes poco convencionales, los raros, los extremos... Para mí encontrarme con ellos y poder explorarlos es la situación ideal. Te diré la verdad, soy un tipo afortunado”. Fassbender viste un traje gris “de un sastre inglés amigo” que resalta su cintura de avispa y su nula relación con la grasa en cualquiera de sus formas y lleva el pelo cortado al estilo marine. “¿El peinado? Vengo de trabajar con Ridley Scott, tío”. Scott, director de Blade Runner o Gladiator, ha dirigido al actor en Prometheus, la esperadísima precuela de Alien (que al final puede que no sea ninguna precuela). A Fassbender se le salen los ojos de la cara al recordarlo: “Es lo que te decía: soy un tipo con suerte, he trabajado con Tarantino, con Matthew Vaughn (X-Men: Primera Generación), con Steve McQueen y ahora con Ridley Scott. Con éste he estado en Islandia en unos sets alucinantes, nada de CGI, ni pantallas verdes, ni chorradas por el estilo.Sets de la vieja escuela. ¿Sabes que el tipo rodaba con cuatro o cinco cámaras a la vez? ¿Quién demonios puede hacer algo así?”.
Michael es incapaz de ponerse serio si se le pregunta por su semblanza con un camaleón: “Bueno, cuando hice Hunger demostré que podía adelgazar y hablar al mismo tiempo y supongo que con eso convencí a mucha gente. ¿Qué quieres que te diga? Lo hago lo mejor que puedo, de hecho ni siquiera puedo decirte que tenga alguna técnica especial o algo por el estilo... Te voy a contar mi secreto: me leo cada guión unas 250 veces. Eso significa que durante el mes anterior del inicio al rodaje me leo el libreto una media de diez veces al día. Así, cuando llego al set me lo sé de memoria, mi papel y el de los demás. Por si acaso [Risas]. Así puedo dedicar gran parte del rodaje a mis famosas siestas, famosas en los platós de todo el mundo”.
Fassbender presentó en Venecia la aclamada Shame, segunda colaboración con Steve McQueen (el director británico, que nadie se confunda), que le ha valido la Copa Volpi al mejor actor y donde lo da todo para meterse en los zapatos de un adicto al sexo que pretende autodestruirse por la vía rápida. Después de vestirse de espía, centurión, villano de cómic o pistolero, lo del ejecutivo obseso parece haberle llegado en un buen momento. “He hecho un montón de serie B o algo similar. También he interpretado a Magneto, que fue una experiencia increíble o he ido por ahí vestido de romano, pero nunca había hecho algo como Shame. Para mí ha sido el período más intenso de mi carrera profesional. Es el papel para el que te preparas toda tu vida, ese del que te hablan tus maestros pero que no estás seguro de que llegue alguna vez”, reconoce. “¿Sabes? No soy de los que se llevan personajes a casa, así que no me voy a hacer el importante, pero con este papel las he pasado canutas, de verdad. Y lo cierto es que me ha sido imposible quitármelo totalmente de encima. Siempre digo que haría cualquier cosa por un buen director y en Shame he tratado de mantenerme fiel a esa premisa”. Seguidor del “cuanto más practicas más suerte tienes”, no tiene reparos al admitir que le gusta verse en la gran pantalla, aunque sólo sea “para pulir defectos. Pongo la peli, me observo y pienso, ‘Mmm, eso no me ha salido tan bien”.
Convertido en el actor más buscado del momento, Fassbender no tiene demasiados secretos que confesar cuando se le pregunta que busca un tipo que ya ha hecho de todo –ha protagonizado doce películas en los últimos dos años– cuando le ofrecen un nuevo trabajo. “Una buena historia, nada de fórmulas. Sorprendentemente (o no) casi todo lo que recibo tiene algo de esquema ya así que tengo que leer un montón de guiones para encontrar algo interesante, creíble, que represente un desafío”. Al intérprete le entra la risa cuando se le pregunta por su fama de supersticioso de la que tanto hablan sus colegas de profesión. “Lo confieso, soy culpable. Soy como los futbolistas, siempre llevo las mismas botas cuando piso el plató [Risas]… No, no es tan extremo, son pequeños detalles, sin más. Y además, ¿qué clase de supersticioso sería si fuera por ahí contando mis manías?”.
Otra de esas anomalías por la que el actor es conocido es por su absoluta falta de miedo a los desnudos integrales (para alegría de la parroquia femenina). “No tengo problema con mi cuerpo y creo que los desnudos han de tener sentido en un contexto determinado, cuando me he desnudado lo hacía con una excusa argumental sólida. Y luego hay otra cosa: algunas personas tienden a centrarse en lo obvio, que no tiene porque ser lo importante. Si hablamos de Shame, por concretar, el sexo es lo menos importante, en realidad habla de cómo han cambiado las relaciones humanas, cómo vemos el mundo ahora, cómo estamos atravesando un periodo de rapidez, de inmediatez. Vivimos en una época en que lo queremos todo y lo queremos ya. Sin embargo, algunos prefieren hablar de quién sale desnudo o quién echa un polvo. Eso también nos recuerda el mundo en el que vivimos”.
El teutón (es un decir) también es famoso por un sentido del humor bastante salvaje, y no faltan las historias del actor desmelenado en pleno rodaje. “No hagas caso, rumores [Sonríe]. La verdad es que tengo un sentido del humor algo retorcido, lo que va bastante bien en mi trabajo, hay que tener bastante capacidad de reírse de uno mismo para dedicarse a esto profesionalmente. Por ejemplo, en la película que hice con David Cronenberg, Keira Knightley y Viggo Mortensen [Un método peligroso, estreno el 25 de noviembre] vestíamos unos trajes de época imposibles y el tema se las traía: el psicoanálisis. En cambio”, asegura entusiasmado, “el ambiente de rodaje era magnífico porque los cuatro compartíamos un sentido del humor muy especial. Viggo es la bomba, había escenas en que no podía parar de reírme. Y Keira… no hay nadie que pueda encajar un chiste en un rodaje lleno de hombres como ella”. Vale, pero Cronenberg y psicoanálisis... Vaya mezcla, ¿no? “Hay muchos paralelismos. Este trabajo tiene mucho que ver con buscar algo que está ahí pero que no ves a simple vista y que es un proceso que vas desarrollando a medida que adquieres experiencia. Mi hermana es neuropsicóloga así que tampoco puedo decir que sea muy imparcial en este tema”.
Si ya se le nota animado por esas vacaciones en las que promete perderse por Europa junto a su padre (el trayecto previsto suma casi 8.000 kilómetros), su cara se ilumina del todo al hablar de su moto, una BMW 1200 Adventure. “Es un trasto increíble, parada pesa una tonelada pero tiene una conducción alucinante. Antes tenía otra moto pero me la robaron el año pasado así que supongo que algún cabrón anda por ahí disfrutándola [Risas]”. Su única pega con el viaje hasta el momento es la pesada indumentaria que deben llevar, poco práctica en muchas ocasiones. “Prefiero sudar que dejarme la piel en el asfalto pero aun así... El otro día estuvimos en Roma y cuando llegamos debía hacer algo así como 44 grados, una jodida locura”. Tal vez en esas saunas involuntarias esté la explicación a su apolínea figura, ¿no?.