ESQUIRE | 06 DE OCTUBRE DE 2011
Me siento muy afortunado por la manera en que me criaron mis padres [Steve fue adoptado al nacer por Paul y Clara Jobs, pero nunca habla del tema en sus entrevistas]. Entendieron enseguida que era un niño inquieto en busca de motivaciones y siempre me apoyaron en todos mis proyectos.
Mi padre era un auténtico manitas, tenía una mesa de trabajo en el garaje donde construía muebles y arreglaba cualquier cosa, aparatos eléctricos incluidos. Con cinco o seis años cortó un trozo de la mesa y me dijo: “Steve, ahora esta es tu mesa de trabajo”. Pasábamos mucho tiempo juntos desmontando y arreglando todo tipo de trastos. Era genial.
Crecer en los 60 fue excitante. EE UU había vivido unos años de mucha prosperidad tras la II Guerra Mundial, pero todo era muy conservador, desde la música hasta los cortes de pelo. De repente, la mente de todos comenzó a expandirse.
Recuerdo el momento exacto en que murió Kennedy, pero aún mejor la crisis de los misiles. Me pasé varias noches sin dormir, porque creía que si lo hacía no volvería a despertarme.
Viajar por la India y probar el LSD han sido dos de las experiencias más importantes de mi vida. Si Bill Gates hubiera hecho algo así cuando era joven, probablemente ahora Microsoft no sería una empresa tan estrecha de miras.
Mi modelo de negocio son los Beatles. Eran cuatro buenos músicos que se complementaban a la perfección y que lograron un resultado mayor que la suma de sus partes. En los negocios, incluido el mío, nada realmente importante se consigue de forma individual, sino gracias al trabajo de equipo.
A los 23 años valía un millón de dólares, más de diez millones al cumplir los 24 y más de cien cuando llegué a los 25. Me doy cuenta de que es fácil decirlo ahora, pero realmente no era tan importante para mí en ese momento, porque el dinero nunca fue mi motivación.
Intercambiaría toda mi tecnología por una tarde de charla con Sócrates. Va en serio.
Cuando me despidieron de Apple en 1986, fue lo mejor que podía pasarme. La pesada carga de tener que ser exitoso era reemplazada por la libertad de volver a ser un principiante, lo que se tradujo en uno de los momentos más fértiles de mi carrera. Por supuesto, en el momento no lo vi de esa manera.
Cuando eres joven, miras a la tele y te dices: “Hay una conspiración, las grandes compañías quieren atontarnos”. Pero con los años te das cuenta de que esa hipótesis es falsa, además de excesivamente optimista. La deprimente verdad es que las grandes compañías tan sólo dan a la gente lo que desea. Y no hay revolución posible contra eso.
Soy la única persona que conozco que ha perdido 250 millones de dólares en un año. Eso ayuda a forjar tu carácter.
No puedes fiarte de los estudios de mercado para fabricar productos. La gran mayoría de la gente sólo sabe lo que quiere una vez que se lo has puesto delante de las narices.
A veces me preguntan por qué no contratamos más personal y sacamos más productos al mercado. La realidad es que fi rmar cheques es mucho más sencillo que encontrar ingenieros capaces de sacar adelante algo realmente novedoso. Si no fuera así, Microsoft sacaría grandes productos.
Ahora tenemos mucho éxito y la gente nos felicita, pero durante muchos años sólo nos veían como el hermano pobre de Microsoft. Nunca lo entendí, incluso en nuestros peores momentos, nuestra cuota de mercado era superior a la de Mercedes, BMW o Porsche. ¿Qué hay de malo en ser Mercedes, BMW o Porsche?
Básicamente, Dell y Apple son las únicas empresas de esta industria que están ganando dinero. Ellos lo hacen a base de funcionar como un supermercado cutre repleto de ofertas y nosotros lo hacemos gracias a la innovación.
La esencia del diseño no reside ni en la apariencia ni en el tacto de las cosas. Está en el cómo funcionan.
Recordar que algún día todos moriremos es la mejor manera de evitar creer que tienes algo que perder, de que no hay ninguna razón para no seguir tus instintos.
Quiero dejar mi huella en el Universo. ¿Se nota?
Esquire-2008.
*Texto construido a partir de testimonios y declaraciones públicas de Steve Jobs