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Viñetas con sabor al mejor cine ‘indie’

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Autoretrato de Adrian Tomine | ADRIAN TOMINE
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Es ilustrador de ‘The New yorker’ y comparan sus tebeos con la literatura de carver, pero Adrian Tomine no se conforma.

IAGO FERNÁNDEZ | 12 DE DICIEMBRE DE 2011

Hay gente dispuesta a pagar hasta 4.000 euros por sus originales, y las bolsas que diseñó para la legendaria librería Strand de Nueva York se venden como churros. Bien. Muy bien. Eso significa que tenemos Adrian Tomine (Sacramento, 1974) para rato. El autor de Rubia de Verano (La Cúpula) ha pasado del éxito de sus cómics underground en la adolescencia a la veneración de quienes llaman novela gráfica a los tebeos. "El término novelista gráfico se ha vuelto tan popular que ya ni siquiera tiene connotaciones pretenciosas, pero sigo prefiriendo el de historietista", nos aclara el propio Tomine desde Brooklyn. Subrayando estas últimas palabras, nos confiesa cuál ha sido su última obra: un monigote en la pizarra de la cocina para conseguir que su hija se acabe la comida.

La pequeña Nora Emiko revoluciona desde hace dos años ese universo tominiano de urbanitas que se enamoran y desenamoran en lo que dura un viaje de Metro. "La paternidad ha impactado en mi forma de ver la vida y es normal que se refleje en las viñetas", admite sin problemas. Por tanto, quizá ella sea la culpable de que las aventuras de Scenes from an impending marriage tengan un trazo más cercano a Snoopy que a Daniel Clowes, o de que en esta entrevista Tomine se muestre abierto a chapotear en las procelosas aguas de la fantasía y la ciencia ficción (¡toda una deidad indie como él!). "Si después de mis últimos trabajos me siguen colgando esa etiqueta, ya nada me librará de ella", afirma con un punto entre resignado y jocoso.




Una rutina provechosa

Lo cierto es que no parece estar muy pendiente de su carrera. Quizá yo tampoco lo estaría si consiguiera ser ilustrador de The New Yorker recién cumplida la treintena. Su rutina en el prestigioso semanario es, con pequeñas variaciones, la siguiente: "Me envían un artículo, les devuelvo varios bocetos y cuando estamos de acuerdo hago el definitivo. Es una dinámica de colaboración que beneficia enormemente el resultado". Semejante puestazo hace que su fantasía infantil de dibujar superhéroes para Marvel en la oficina de un rascacielos parezca un mal chiste. "De niño soñaba con eso porque no sabía lo maravilloso que es trabajar desde casa sin gente husmeando a mi alrededor", confiesa.

La metodología de este japonés-americano no ha variado apenas desde aquellos primeros números de Optic Nerve en los que comenzó a destacar. Sigue publicando minicómics que después reúne en un solo tomo ("Es una tradición que mantengo básicamente por nostalgia y fetichismo”), con cuidadas ediciones ("El papel está en peligro, pero me abrazaré a él hasta su último aliento") y utilizando siempre un conejillo de indias (“Si mi mujer lee un borrador y se ríe lo doy por bueno inmediatamente”). Lo que sí que cambia es la banda sonora. El responsable de las ilustraciones de bandas como Weezer, Eels o TV On The Radio perfila sus personajes mientras escucha música clásica. "Ya no tengo ganas ni tiempo para estar a la última", reconoce.

El siguiente paso
 

Para lo que sí que parece tener tiempo es para ordenar de manera casi obsesiva su mesa, en la que reposan La niña del pelo raro, del tristemente desaparecido David Foster Wallace, y los cuentos de Andre Dubus (y luego se extraña por lo de indie). Lo cierto es que gran parte de la crítica ve en su Licenciatura en Literatura Inglesa la clave de esa elegancia narrativa que los más osados incluso llegan a emparentar con Raymond Carver. Él no es tan temerario. "No me parece que mi obra sea especialmente innovadora ni que yo suponga actualmente una influencia para nadie. En la universidad te obligan a devorar un montón de libros, eso es todo". Y de leer a escribir sólo hay un paso, claro.

Fiel al tópico, la opinión definitiva la tiene su mujer. "Si se ríe con el borrador, lo doy inmediatamente por bueno"

"Me atrae mucho probar fuera del cómic porque así podría trabajar en cualquier lugar equipado simplemente con un cuaderno o un ordenador".

La verdad es que puede tomarse con tranquilidad su aventura, la comunidad de escritores le espera con los brazos abiertos tras haber sido incluido por el indiscutible Dave Eggers en la antología Best american nonrequired reading. Tomine agradece que reconozcan su talento, pero no tanto su cara. "Esta semana estaba cenando tranquilamente con mi mujer y un tipo nos interrumpió sin reparos para proceder a continuación con un largo y detallado análisis de mi bibliografía", rememora con auténtico fastidio. Además, la sinceridad de sus lectores más talibanes le ha blindado hasta el punto de que sus opiniones prácticamente le resbalan. "Siempre me hacen llegar sus sugerencias y consejos, pero con el tiempo he aprendido que es imposible agradar a todos y me conformo con que algunos permanezcan a mi lado a medida que evoluciono", resume.

Es esa evolución latente la que pone los dientes rozando el suelo. Porque si la trayectoria de Tomine le ha valido el título oficioso (y algo odioso) de Noah Baumbach de los tebeos, Sofia Coppola de los tebeos o el-director-yankee-alternativo- que-te-dé-la-gana de los tebeos, ahora que al fin se ha aflojado el corsé, todo parece posible. No en vano la última película que le hizo tilín no es Somewhere, sino El árbol de la vida, y cita The wire, Louie y The office (la británica, of course) como sus series de cabecera en estos momentos. Eso sí, nuestro último intento por rascar alguna primicia cae al agua sin rozar siquiera alguno de sus barcos. "No me gusta anunciar nada hasta que está totalmente terminado. Hay demasiadas cosas que pueden salir mal".

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