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En esto creo: Samuel L. Jackson #Esquire100

ACTOR, HOMBRE DE TARANTINO, MAESTRO JEDI, WASHINGTON D.C. (EE.UU.), 62

JOHN H. RICHARDSON | 6/11/2016
Publicado originalmente en Esquire 39, marzo de 2011

Lo único que le pedí a George Lucas es que mi sable láser fuese de color morado. Él me contestó: "Vamos a ver, Samuel, para Star Wars sólo concebí dos tipos de sables de luz: los rojos y los verdes". Y yo le dije: "Ya, George, me parece estupendo, pero es que yo quiero uno violeta...".

Nos educaban desde los complejos. Yo solía acompañar a mi abuelo al trabajo. Limpiaba oficinas y calderas. Había chicos de apenas veintipocos años que le llamaban Ed, pero él siempre se dirigía a ellos con un "sí, señor". Mi abuelo era un hombre viejo, muy elegante en sus movimientos, pero nunca se atrevía a mirar a sus jefes directamente a los ojos. Muchas veces, me hacía gestos, como queriéndome decir: "Agacha la cabeza, hijo. No mires a los hombres blancos a los ojos porque entonces se creerán que estás siendo demasidao engreído o arrogante". Recuerdo bien todo aquello. Por eso, le puse a mi compañía de producción el nombre de Uppity [engreído, en inglés].

No fui un jovencito dócil. Si me escupían o me pegaban, yo respondía. Siempre. Cometí bastantes locuras de chaval. Recuerdo robar tarjetas de crédito con mis colegas y comprar armas de fuego con el dinero que sacábamos. Algunos agentes del FBI aparecieron por casa de mi madre (entonces vivíamos en Tennessee) y le dijeron: "O saca a su hijo del Sur y lo aleja de estas amistades o acabará muerto de un disparo o entre rejas". Al día siguiente, me llevó al aeropuerto y me metió en un avión.

La época que viví en Nueva York fue muy trepidante. Éramos un grupo de amigos. Íbamos juntos a los castings, nos cuidábamos, nos animábamos, viajábamos en metro... y todos los miércoles, sin excepción, montábamos en el piso unas fiestas increíbles. Por otro lado, también fue una época de bastante descontrol... ya sabes... drogas.

Entré en Hollywood gracias a mi papel de drogata en Fiebre salvaje (1991), el éxito de Spike Lee. Por entonces, yo había consumido cocaína durante bastante tiempo, casi dos años, había estado en rehabilitación, comprendía perfectamente la naturaleza de la enfermedad, sabía por lo que mi personaje pasaba. No necesitaba investigar para sentirlo. Hablé con Spike directamente del asunto: "En la película, es mejor que no se me vea puesto a menudo. Sólo apareceré cuando esté con el mono, cuando necesite encontrar esa mierda. Eso es lo que quiero hacer, sé perfectamente cómo interpretarlo". Y ésa fue mi irrupción. Aquel papel me abrió las puertas de Hollywood. Fue una mezcla perfecta de experiencia, suerte y oportunidad.

Me encantaba ir al cine de pequeño. Era mi válvula de escape. Los sábados por la mañana, mi madre me echaba de casa muy temprano y yo me iba a las matinales a ver dibujos animados; luego, por la tarde, veía la típica peli de miedo y, por la noche, quedaba con ella para ver una de adultos. Adoro las películas. He visto tanto cine... Por eso, puedo rodar algo como Serpientes en el avión y hacer a continuación algo más serio; o quizá una comedia algo absurda. De eso va este oficio, tiene que haber de todo.

No entiendo a la gente que puede vivir sin crear. Yo necesito rodar al menos una peli al año.

Nunca he estado en la cárcel. Jamás me han arrestado. Fui un buen hijo, soy un buen padre y esposo. Llevo casado con la misma mujer treinta años. Soy amigo de mis amigos. Acabé la universidad, recibí una educación. Dono dinero de forma anónima. Así que, cuando la gente critica algunos de los personajes que interpreto en pantalla, sólo puedo decirles: "Tíos, ¡sólo forma parte de una historia!".

De repente, Morgan Freeman dejó de hacer películas. Luego, Denzel Washington también. Entonces, empezaron a lloverme las oportunidades, pero –no sé por qué– no me sentía del todo preparado. Estaba como un poco fuera de todo. Cuando por fin me recuperé de aquello... ¡Bang! Ya había pasado mi tiempo.

Me hubiese encantado hacer una gran peli de piratas. Y no, todavía no he rodado ningún western.

Llevaba más de diez años sin soñar con droga. Y de repente, hace dos semanas, me vino a la cabeza mientras dormía. Tenía una bola de cocaína en la mano y alguien apareció en la habitación, así que la escondí corriendo detrás de la espalda. Cuando me desperté, me sentía igual de mal que si hubiera ocurrido en realidad. Es curioso. Incluso en los sueños, intentamos esconder nuestros secretos a los demás.

Mi padre fue una figura ausente, así que siempre ha sido importante para mí formar parte de la vida de mi hija. Cuando llegan los problemas, supongo que todos tenemos la tentación de decir: "A la mierda, me largo". Pero también tenemos la oportunidad de decir: "A la mierda, lo siento". Incluso aunque no sea del todo verdad.

FOTOGRAFÍA: MARCO GROB
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