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20 Minutos

En esto creo: John Malkovich #Esquire100

JOHN H. RICHARDSON | 7/11/2016
ANIMAL DE LA ESCENA, BENTON (ILLINOIS, EE UU), 55

Publicado originalmente en Esquire 16, febrero de 2009

En realidad, nada de lo que haces importa. Pero no creo que eso sirva de excusa para hacer las cosas mal.

Con los años, he aprendido que no hay que preocuparse de lo que está fuera de nuestro control. A menudo me encuentro con amigos o conocidos agobiados por esto o por lo otro. Yo siempre les digo: "¿Te preocupa que el avión se vaya a estrellar? ¿Por qué; acaso eres el piloto?".

Siempre hay gente que odiará lo que haces. Sea lo que sea. También habrá gente a quien le encante, pero en realidad no difieren mucho de los que lo odian.

Esto es lo que la política significa para mí: Alguien te dice que todos los árboles de tu calle tienen una enfermedad. Por un lado, te aconsejan que si les das de beber y comer, todo irá bien; y, por otro, te dicen que hay que talarlos y quemarlos para que no infecten a los árboles de otra calle. Eso es la política. Yo me pregunto: "¿Quién ha dicho nada de que estén enfermos? ¿Cómo se manifiesta esa enfermedad? ¿No pertenece a un ciclo natural? ¿Quién ha corrido el rumor? ¿Cuándo estaba esa persona en la calle?". Lo malo es que la mayoría de la gente se pone enseguida a gritar: "¡Tálalos y quémalos!" o "¡dales de comer y beber!". Esas son las dos únicas opciones que te dan. Lo siento, pero no creo en esto. Yo creo en las personas.

Una película puede compararse con un dibujo lineal, a diferencia del teatro, que es como una obra de arte y que se desarrolla en lo que parece una enorme cantidad de tiempo. Participé en una durante dos años titulada Burn this. Tardé unos seis meses en prepararme –el acento, los modelos vocales, la rapidez, lo que tenía en la cabeza– para que después todo eso saliera por la boca. Es como la pintura, se hace poco a poco.

Para muchos de nuestros mejores actores, desde Brando a George C. Scott, actuar era una ocupación vergonzosa. Con el tiempo perdieron realmente el interés por la profesión. Para mí nunca ha sido así, sobre todo cuando veo a otros hacerlo. No lo considero vergonzoso. ¿Vergonzoso? ¿Comparado con qué?

Hace treinta años, si te convertías en famoso, ¿qué era lo peor que te podía pasar? No había móviles con cámara. Los camareros no escuchaban tus conversaciones y luego se las dictaban a Drudge, Defamer, Gawker, Agent Bedhead o Jezebel [webs dedicadas a cotilleos en Internet]. Ahora nos hemos convertido todos en japoneses. Somos una nación de paparazzi. Pero bueno... Recibimos tantos premios y nuestra remuneración es tan elevada que podemos aceptar estoicamente estos golpes.

Siempre he sido desconfiado con la gente que dice saber esto o lo otro. Cuando piensas en cómo se ha revelado la historia, en cómo se han dado por ciertos algunos hechos en una época determinada... No sé, nada me parece muy fiable.

No recuerdo mi vida antes de tener hijos. Fue fantástico verlos crecer. Pero, asombrosamente, no están para nada interesados en mí o en lo que hago. Cuando Amandine era pequeña, mi mujer intentó explicarle viendo una película que a papá no le habían encarcelado ni que había secuestrado un avión [lo que hace el personaje de John Malkovich en Con Air]. No hizo falta. La niña no se había tragado lo que pasaba en la película.

Todavía me interesa hacer una interpretación lo más perfecta posible, aunque sé que jamás me acercaré a esa pretendida perfección. Si crees que has averiguado lo que va mal, cuando trates de ponerle solución, surgirán otros muchos problemas. Las cosas, por naturaleza, son defectuosas, corruptas o están estropeadas.

He dejado de fumar casi del todo. Dejémoslo así. Siempre seré un fumador que simplemente no fuma.

Si voy al teatro disgustado por algo, cuando empieza la obra, me siento completamente perdido. ¿Qué ha ido mal? ¿Cómo puedo cambiarlo? ¿Por qué ha ido tan bien esta noche y tan desastrosamente mal por la tarde? Es la magia de mi trabajo.

Si Michelle Pfeiffer me saluda, no siento nada especial. De verdad. No es que no sea alguien memorable, Dios sabe que lo es, pero creo que he borrado de mi mente lo famosas que son algunas personas que conozco.

Envejecer es irritante. Nunca he sido un gran jugador de tenis, pero siempre me ha encantado. No tengo el mismo equilibrio que antes, ni puedo correr tras la pelota. En baloncesto, no puedo saltar. Me irrita mucho. Por eso he empezado a ir religiosamente al gimnasio, unas dos o tres horas al día. Me aplico. Odio no poder hacer cosas que me gustan más de lo que odio ir al gimnasio.

FOTOGRAFÍA: JAKE CHESSUM
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