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2017, el año del Oscar japonés y de Andrew Garfield

JAIME DE LAS HERAS | 25/1/2017
Pocas veces ha estado Japón tan cerca de ganar un Óscar a la Mejor Película (y pudiera ser que a Mejor Director) que en 2017. Lo más irónico de la historia es que ninguno de los artífices ha nacido en el País del Sol Naciente y que ambas tienen un denominador común, Andrew Garfield.

Son 300 los años de distancia (aproximadamente) que separan las historias de Silencio y Hasta el último hombre. Una es la adaptación de una novela de Shûsaku Endô que Martin Scorsese ha llevado a cabo confiando en las lustrosas espaldas de Andrew Garfield y Liam Neeson en el papel de dos jesuitas llevados hasta el confín del mundo conocido.


Andrew Garfield en Silencio, 2017.

La otra apuesta también es una adaptación, evidentemente más real, como es Hasta el último hombre, que Mel Gibson ha creado a partir de la historia de Desmond Doss (Andrew Garfield de nuevo), el primer objetor de conciencia de Estados Unidos.

Ambas películas suenan en los mentideros oficiales de Hollywood como ‘Oscarizables’ aunque la batalla va a ser encarnizada. No tanto como en la Okinawa en la que Doss participó ni tan llena de penurias como el Nagasaki del Silencio de Endô pero la batalla promete muchas emociones.


Silencio, Martin Scorsese, 2017.

Dos historias que sin querer se complementan en el espacio (apenas 1.000 kilómetros separan Okinawa de Nagasaki) y que a pesar del salto temporal consiguen centrarse en el mismo mensaje, el de la irracionalidad del odio y la intromisión occidental en Japón. Es en este segundo punto donde ambos filmes ganan más fuerza porque tanto Gibson como Scorsese han querido hacer hincapié en la visión occidentalizante pero sin dejar atrás los puntos de vista de los japoneses. Esa brecha que abrió Clint Eastwood en Cartas desde Iwojima se reproduce ahora con un mensaje más cordial que el cine bélico o religioso al que estábamos acostumbrados.

Salvando las distancias poco (o nada) tiene que ver La misión de Roland Joffé en 1986 con De Niro y Jeremy Irons con el Silencio de Scorsese, Garfield, Neeson y sobre todo, Endô. Del belicismo y la acción que se genera en aquel clásico ochentero no hay retazos en la producción de Scorsese, posiblemente porque el guión de Silencio emana del texto original de Endô y de su propia conciencia como japonés.


Hasta el último hombre, Mel Gibson, 2016.

Puede que el cine sirva para restañar heridas como lo hace Gibson con un Andrew Garfield en estado de gracia y que deja atrás a los vencedores y vencidos de la Guerra del Pacífico (doble ironía) para centrarse en la mirada del único hombre que pretendía hacer el bien allí.

Si el cine vale para esto, bienvenido sea el Óscar que sea y si a través de él conseguimos volver a contar grandes historias la lucha habrá valido la pena. Tanto Silencio como Hasta el último hombre se hacen enormes por sus protagonistas reales donde la épica queda apartada y el ostracismo cala hasta los huesos del espectador cuando descubre estas realidades.

Si usted consigue llegar hasta los últimos islotes del Pacífico japonés con estas dos películas y sentirse acongojado el cine estará de enhorabuena, haya o no Oscars de por medio.
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