JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ | 06 DE SEPTIEMBRE DE 2011
Septiembre. Mes de reencuentros, vuelta a la sucia rutina y tiempo de vendimia. En pocos días, entra en juego el trabajo de todo un año, sin vuelta atrás. Un maravilloso ejercicio de precisa selección natural que, generación tras generación, ha sabido preservar y ejecutar uno de los grandes clásicos de nuestras tierras: Bodegas Palacio.
Pionera en la Rioja desde 1894 (como su propio leit motiv indica con orgullo), sus 117 años de antigüedad la hacen digna integrante del selecto grupo de Bodegas Históricas de Rioja. Ubicada a pocos kilómetros del coqueto municipio alavés de Laguardia (y de sus maravillosas calles medievales amuralladas), basta con observar el terreno e inhalar el frescor puro de su atardecer para entender lo especial del entorno. 
Quizás por eso, hace más de un siglo que un tal Cosme Palacio y Bermejillo, reconocido empresario de Bilbao, eligió tan peculiar enclave para aplicar los métodos tradicionales importados de Francia y poner en marcha un proyecto en forma de bodega que haría inmortal su nombre. El posterior éxodo de don Cosme hacia Valbuena de Duero (Valladolid) –motivado por la plaga de la filoxera– y su activa participación allí en la consolidación de Vega-Sicilia, es otra historia...
Desde 1998, Bodegas Palacio pertenece a H.A. Barceló, un grupo que ha trasladado toda la tradición herededa de finales del siglo XIX a las exigencias del siglo XXI. Para ello, han potenciado el hotel restaurante Cosme Palacio, un edificio que data también de finales del siglo XIX, fue la antigua bodega y está anexo a la actual. Desde 1990, ha sido acertadamente convertido en un acogedor hotelito con doce habitaciones organizadas, en lugar de por números, por diferentes variedades de uva. Este 'mini château' huye de artificios que suelen distraer y pervertir la esencia de entornos cuyo encanto reside en la tradición, no en los excesos. Silencio, tranquilidad, paz y vino. Es todo.
Para complementar la placidez de la estancia, el restaurante (imagen inferior) ofrece una carta tradicional con productos de temporada, sin esnobistas pretensiones y, por ello, con un resultado óptimo. A destacar la ensalada de foie y sitake, el risotto de boletus, las vieiras gratinadas y la merluza del Cantábrico o el original –a la par que digestivo– sorbete de manzana. Fácil, útil y polivalente. Una propuesta gastronómica que gana en encanto, si cabe, por descansar sobre los antiguos lagares y cavas subterráneas en los que se esconden ancestrales estancias y ejemplares de botellas incunables que repasan la amplísima historia de la casa.
Dicho todo lo anterior, es hora de centrarnos en lo verdaderamente importante, sin lo que nada de esto tendría sentido: el vino. Y es que el grupo H.A. Barceló ha sabido aplicar la receta que lleva poniendo en práctica desde 1876 (antes, incluso, de que existieran las propias Bodegas Palacio): Producir vinos de calidad a través de los mejores y más avanzados métodos pero sin renunciar a ese halo de romántica artesanía que envuelve (o debería envolver) al universo vinícola.
Dentro de las líneas de producto que ofrece Bodegas Palacio, destacaría los tres caldos que más llaman la atención de un humilde servidor. En primer lugar, el Cosme Palacio Tinto Reserva 2005. Los 18 meses en barrica y 28 en botella le otorgan una suave elegancia en aroma y una suntuosa complejidad en boca que le acercan más a los cánones preconcebidos de su Denominación de Origen al compararlo con su hermano pequeño, el Crianza 2007.
Eso no significa, sin embargo, que Bodegas Palacio no sepa elaborar buenos Crianza. Uno de mis favoritos a este nivel, de hecho, es el Glorioso Crianza de 2007 (estaría mal no reconocerlo). Un vino ligero, con aromas clásicos a frutos rojos, así como a especias y levemente a ahumados, que en el paladar expresa un ajustado equilibrio con un final largo que invita a repetir varias veces un trago fácil.
Por último, la más grata (e inesperada) sorpresa, de la mano de Cosme Palacio 1894 Blanco (envejecido en barrica, con un 92% de Viura y 8% de Malvasía). Un vino de autor (que probamos en exclusiva para Esquire), con el que maridar un pescado es toda una experiencia, que evoluciona en copa y en boca de una manera sorprendente y progresiva. Mejora mucho a medida que gana más temperatura de la habitual para un blanco (por su envejecimiento en barrica). Cítrica acidez pero estable, con fruta madura en su justa medida y un retrogusto final muy superior al impacto inicial. Una demostración de que los blancos de Rioja pueden estar a la altura de los mejores si se pone el empeño y cariño adecuados. Sirvan como ejemplo los 92 puntos que le otorgó el señor Robert Parker (para los que confían en el criterio del estadounidense), su máxima puntuación a un blanco de Rioja hasta el momento.
Cualquier excusa es buena para pasear por estas tierras y disfrutar del vino en las condiciones óptimas. Porque, como decía Fellini, "un buen vino es como una buena película. Dura un instante y te deja en la boca un sabor a gloria; es nuevo en cada sorbo y, como ocurre con el cine, nace y renace cada vez que se saborea". Amén, maestro.

Vista de la Rioja Alavesa desde Laguardia. Viñedos hasta donde se pierde la vista flanqueados en el horizonte por la Sierra de Cantabria