JORDI MINGUELL | 29 DE AGOSTO DE 2011

Steven Spielberg dejó hace muchos años de interesarme y JJ Abrams nunca llegó a hacerlo. El primero me enganchó definitivamente a esto del cine con Tiburón y el segundo nunca despertó en mí mayor interés que la histeria del respetable con ese telefilim estirado, estirable, efectista y definitivamente intranscendente que era Lost. Así que cortesía de la insistente campaña de Marketing que arrancara hace ya casi un año fui a ver el maridaje entre ambos: Super 8. Eso sí, con el retrovisor puesto.
En su anterior película, el re-boot de la saga Star Trek, Abrams arrancaba su segundo largo después de Misión Imposible 3 con una traca bien cargada de colorinchis nu-rave y explosiones galácticas para, después, clavarme en la butaca con una secuencia total. El jovencísimo Capitán Kirk conducía su motocicleta aérea en un futuro lejano a ritmo del ‘Sabotage' de Beastie Boys mientras escapaba de un policía. Toma castaña. La caspa friki de los sesenta de la manito con uno de los himnos de la generación de los suburbios, los centros comerciales y el videojuego. Tocando las teclas perfectas, Abrams nos proyectamos al futuro con el ancla bien puesta en el pasado.
Porque Abrams es como esos DJs que a finales de los noventa cobraba millonadas por hacer sesiones de baile en macro-discotecas. Sensibilidades con inusitada facilidad para olfatear lo que a la gente le gusta y dárselo tan anabolizado que no se enteran que más allá del riesgo de la originalidad o de las costuras del collage existe un mundo llamado megamix condenado por su propia naturaleza coyuntural al consumo masivo, sí, pero también al olvido.
Antes de la oportunista deriva final hacia la saga Transformers, en Super 8 encontrarás samplers de: Indiana Jones 1, 2 y 3, Aliens, Los Goonies, Encuentros en la Tercera Fase, Poltergeist, E.T., Los Exploradores, John Williams, John Hughes, Ron Howard, Joe Dante, George A. Romero... Todo el cine antes de que el cine dejara de ser cine para la generación de los suburbios, los centros comerciales y el videojuego comprimido, masticado, y mezclado para disfrute de las masas dispuestas a bailar sin más ritmo que el marcado por la melancolía. Postmodernidad lo llamarán algunos. Yo lo llamo oportunismo con extra de visión comercial. Sin alma.
Eso sí, no se pierdan la actuación de Elle Fanning. Si esta niña no es la nueva Drew Barrymore esperemos que sea la nueva Natalie Portman.