JORGE L. MADINABEITIA | 11 DE JUNIO DE 2012
En el número de julio de 1956 de Playboy ocupaba la portada a todo color una pelirroja de veintipocos años, de pechos grandes y firmes, una mujer pulposa "a lo Llollobrigida" que respondía al nombre de Alice Denham. Hasta aquí, todo previsible, si no fuese porque en el interior de la revista la misma Alice Denham firmaba un relato, The Deal, sobre una original propuesta de intercambio de sexo por dinero. Antes, había publicado otra historia corta en la revista Discovery, había frecuentado fiestas de escritores y se había acostado con muchos de ellos. Antes y después. La cosa (la literaria, claro) no le fue como para tirar cohetes: muchos cócteles después, con una novela, My Darling from the lions, publicada en los sesentas y al cabo de una carrera de periodista y escritora ocasional sin pena ni gloria, lanzó en 2006 unas memorias que tituló Sleeping with bad boys, el recuento desprejuiciado de sus andanzas entre sábanas, que pedía a gritos un índice de nombres al final.
Entre quienes mejor parados salen del ajuste de cuentas, sobresale el flamante Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2012, Philip Roth: con solo veintiséis años, recién salido de la imprenta su primer libro de relatos, dice de él que tenía unos ojos como «rayos láser en busca de sospechosos». Roth, ya casado, le pide el teléfono para una cita. La escena, clásica y sin cortes: cenan, se van a la cama, etcétera. «Se movía desde los pechos hasta…¡ aah! tan rápido, que me dejaba sin respiración. Aceleraba, como en la conversación, como en su cabeza. Pero una vez que llegaba ahí, lo sostenía… Philip Roth estaba on fire», escribe sin ningún pudor (por lo que cuenta y por cómo lo cuenta). En 1964, ya separado de su mujer pero aún a buenas con ella, el escritor de Newark le propone un trío y ella se niega.

En otro de los momentos jugosos, cuando a James Jones, después de un cunnilingus frustrado, le pide esperar hasta que se le ponga dura, el autor de De aquí a la eternidad le responde que ya lo está, «solo que tenía el tamaño de un dedo gordo, no era ni más larga, ni más gruesa», confiesa la buena de Alice.
Claro que, como todo libro de memorias que se precie, hasta cuando le dan calabazas y no folla su estima sale indemne: Anatole Broyard (presuntamente el modelo de Roth para el protagonista de su novela La mancha humana), le confiesa —después de discutir de Kafka, Celine, Wallace Stevens y Bela Bartok (ya hay que tener memoria, la madre de dios)— que nunca se va a la cama con sus “pares intelectuales”, dejándola compuesta y sin polvo, pero con el ego debidamente masajeado. Tampoco hacía ascos a los escritores más experimentales (en sus escritos, aclaro). En 1959, David Markson le presenta a William Gaddis, que por entonces trabajaba en la farmaceútica Pfizer, y después de alabarle su mastodóntica novela Los Reconocimientos (que reeditará la editorial Sexto Piso en 2013, queremos creer) le suelta a Gaddis todo lo que le recuerda al “pobre” Frank Sinatra, mientras el otro la mira perplejo.
Cuenta también sus escarceos con Joseph Heller y con Norman Mailer, antes un amigo que un amante, quien le presta 100 dólares para que aborte. En fin, el dream-team de los 50 y 60. Para componer un equipo titular como ese, uno se pregunta cuántos mediocres y olvidados por la posteridad se habrán quedado en el banquillo.
Y también uno se pregunta, inevitablemente: una escritora española, portada de Interviú, ¿daría para tanto?