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La trágica historia de James Dean y Little Bastard #Esquire100

BELÉN ESTER | 8/2/2017
Sesenta años después de su muerte, James Dean sigue siendo un icono, uno de los más grandes y reconocibles del siglo XX. El 30 de septiembre de 1955 moría en su Porsche con sólo 24 años y una película estrenada. Su desaparición dejó a toda una generación de jóvenes desencantados con un deseo de libertad y autenticidad bohemia que sólo pudo desembocar en una cosa: ¡Los 60!

Publicado originalmente en Esquire 89, octubre de 2015

No era guapo, ni alto, ni carismático. Más bien era feúcho, un poco bizco, tenía un aspecto algo mugroso, una introversión casi enfermiza y unos modales rudos y toscos. Era un macarra. Sin embargo, pocos hombres como él han logrado convertirse en un icono más reconocible y emblemático. Y en plenos años 50, cuando la cultura americana, y sobre todo su cine, no podía ser más cursi, más cotidiano, más bienpensante y más ñoño, de repente… James Dean. La modernidad más absoluta que contravino la estética y la moral de toda una generación. Como pasó con Elvis. Como pasó con Marilyn Monroe. Casualmente, otros dos iconos de pies de barro.

Si en algo no se puso el mundo de acuerdo es en si fue o no un buen actor. Está claro que renegó de ser una estrella y que, tal vez por eso –o pese a eso– y por su culto por la velocidad y la música de los negros, su mirada melancólica, sus posados alejados de todo el oropel hollywoodiense y su falta de pudor al mostrarse desaliñado, encandiló a millones de personas en todo el mundo que, antes de su muerte, ya le adoraban. Lo dijo Terenci Moix en Mis inmortales del cine: "Es muy probable que James Dean fuese, ante todo, un original".

Sus orígenes no tienen nada de insólitos. Nació en el 31 en plena crisis económica y moral de Estados Unidos en un pueblo perdido de Indiana. La escasez y la prematura muerte de su madre marcó lo que sería un temperamento retraído y melancólico. A los 13 años le regalaron su primera moto y empezó a mostrar una pasión desenfrenada por los deportes y la competición y fue desarrollando un interés cada vez mayor por la interpretación. Siempre se fijaba en aquello que le exigiese una gran entrega física.

Cuando acabó el instituto se fue a la Universidad a Los Ángeles, pero él ya sólo soñaba con ser actor. Entre 1949 y 1950 hizo sus pinitos en televisión con un anuncio de Pepsi y varios episodios de distintos seriales. Ambicioso y sediento de aprender, se instaló en Nueva York en el 52. No tardó en frecuentar los barrios bajos, los ambientes moralmente reprobables y seguramente las drogas buscando, quizás, la desinhibición… Era ya un poco outsider, como Brando o Mitchum. ¡Y era tan joven!

Con apenas 20 años se metió de cabeza en el Actor’s Studio y frecuentó aquel incipiente mundillo beat del que mamó su espíritu y sus formas, y del que se convirtió en imagen forzosa tras su muerte. Aquella generación de jóvenes renegados, germen de la contracultura, tan desencantados de todo –del capitalismo, de la postguerra, del sueño americano–, que convirtieron su propia imagen y modo de vida, su grito desesperado contra todo, en su mensaje.

Cómo entender si no aquella subversiva frase inicial del famoso poema Aullido (1956) de Allen Ginsberg: "He visto las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, histéricos famélicos muertos de hambre arrastrándose por las calles". Cómo no asociar esta idea poderosa a aquellas fotos de Roy Schatt que presentan a un Dean vagabundo entre rascacielos, perfecta metáfora andante de la soledad del hombre urbano, icono de una melancolía que lo único que pedía era ¡libertad!, inspiración de una juventud incomprendida, evocación de una bohemia que necesita ser escuchada.

Él encarnó la viva imagen de un antihéroe soñado por unos jóvenes sin un Iwo Jima a sus espaldas, pero decididamente desencantados. Como los de la Nouvelle Vague francesa en la que ya se fraguaban Los cuatrocientos golpes de Truffaut (1959). Seguramente, si no hubiera existido Dean, alguien lo habría inventado, pero lo cierto es que su estilo no estaba premeditado ni diseñado. Era él mismo, sin posturas ni imposturas, sin intenciones, sin ambages. A su fama contribuyó esa espontaneidad, esa repulsión hacia los cánones y, desde luego, el poder, el magnetismo y la rebeldía de sus personajes, seres tristes, incomprendidos, animalizados.

Era 1952
, el Actor’s Studio le abre las puertas de la televisión de la Costa Este y la oportunidad de lucirse en Broadway con See The Jaguar y, sobre todo, con The Inmoralists. Cuando le vio Elia Kazan, el director por antonomasia de los personajes salvajes –Un tranvía llamado deseo (1951) y La ley del silencio (1954), con Marlon Brando; Río salvaje (1960), con Montgomery Clift, otro eterno incomprendido; o Esplendor en la hierba (1961) con Warren Beatty–, tuvo un flechazo. Enseguida le ofrecería el protagonista de Al este del Edén, adaptación de la novela de John Steinbeck, un melodrama con tintes épicos, edípicos y mesiánicos en el que da vida a un joven tímido, adusto, apocado y solo, ante todo solo.

Incomprendido por el meapilas de su padre y el santurrón de su hermano, su Cal Trask vaga por la vida tratando de hallar el origen de su maldad mientras Estados Unidos entra en la Gran Guerra. Y en su camino no sólo conoce a la libertina de su madre, que no le quiere, sino la verdadera naturaleza de su alma atormentada que trata, pese a todo, de hallar algún tipo de redención a través de la reconciliación con su padre. Una ópera. Le llegó la nominación al Oscar y el aplauso. Él ni siquiera fue a ver la película el día del estreno. Y le pusieron la etiqueta de estrella maldita.

Exótico, casi, en toda su rareza. Alguien verdaderamente auténtico. Era el verano del 54 y aparentemente la vida le sonreía. Ganó 10.000 dólares y se compró un Porsche 356 Speedster. Se enamoró de la actriz Pier Angeli (a la que prohibirían tener relaciones con él por no ser católico), el fotógrafo Dennis Stock le inmortalizó en los lugares más importantes de su corta vida culminando con algunos retratos de sus largos paseos por Nueva York y la Warner Bros, que recibía miles de cartas para él a la semana, le propuso un suculento contrato de seis años…

Pero él gestionó fatal una fama que le aturdía pese a que buscaba el reconocimiento por encima de todas las cosas. De esa época datan algunas cartas complejísimas que están salpicadas de expresiones como: "No soy nadie", "Estaría mejor muerto", "No me gusta la gente", "Soy un miserable", "No sé dónde estoy", "Cómo odio irme a la cama siempre solo", "¿Por qué intento todo el tiempo que la gente me rechace?", y que firmaba como "James (Brando Clift) Dean".

En aquel otoño, presa de esta sensación de desasosiego y dolor, protagoniza Rebelde sin causa, en la que Nicholas Ray sacó de él la mejor interpretación de su famélica carrera. El propio Dean diría sobre su Jim Stark: "Jamás podré volver a dar tanto de mí mismo".

La película empieza con su maltratado cuerpo tirado en la calle, de noche, borracho y solo a las puertas de una comisaría. La historia transcurre en un único día y en ella se entrecruzan tres adolescentes: una joven deshecha porque su padre la cree una libertina (Natalie Wood); un chico tímido e inestable de familia millonaria pero ausente al que cría una niñera negra (Sal Mineo); y el propio personaje de Dean, un joven sufriente y silencioso que observa y odia la miserable vida de su padre, dominado por una mujer castrante y furiosa.

Perfecta metáfora de unos jóvenes que no entienden la sociedad alienada por un american way of life que les ama y fagocita por igual. Jim odia a su padre como los jóvenes odiaban América. Jim odia a su padre como la generación beat odiaría todo convencionalismo social, moral o sexual. Y fue precisamente la crítica frontal a esa alienación lo que empezó a convertirle en un mito, ese mérito extraordinario del cine que es lograr la identificación con el otro. El éxito fue total, pero no sólo porque removiera la conciencia social, sino porque se estrenó sólo cuatro días después de la repentina muerte del actor, lo que acabó convirtiendo la película en una oportunidad maravillosa para decir algo sobre una sociedad adormilada y amordazada.

Tanto Al este del Edén como Rebelde sin causa tienen en común a dos jóvenes melancólicos y tristes que no encuentran en su familia la paz y la serenidad que sus corazones ansían. En la película de Kazan su álter ego lucha dramáticamente por hallar el amor de un padre puritano y en la de Ray siente vergüenza y desprecio por él. Y ambas lograron una proeza, y es que unos personajes tan abiertamente antiheroicos como aquéllos fuesen adorados, pues su rebeldía, alejada de toda épica, era verdaderamente justa.

Ambas cintas fraguaron esa idea, entonces insólita, del adolescente que busca en otros jóvenes solitarios una nueva familia que le acepte como es. Nacía así esa nueva forma de sociología de filiación en el grupo, de pandilla, en la que se dictan normas y códigos propios. La automarginación, casi. De nuevo, lo beat. Que luego sería lo hippie, sin normas de ningún tipo. Y luego lo underground, una alternativa a la norma. Y luego lo grunge, donde cada uno dictabas sus normas…

Tuvo a la crítica siempre dividida. Mientras en Cahiers du Cinema un joven François Truffaut escribía: "Los poderes de seducción de Dean son de tal magnitud que podría matar a su padre y a su madre cada noche en la pantalla y siempre se ganaría la aprobación del público"; The New York Times le criticaba sin piedad: "Dean es como una masa de harina histriónica". Y son famosas las frases que le dedicaron Elia Kazan ("Era como dirigir a la perra Lassie. Era instintivo y estúpido a la vez"), la cronista Hedda Hopper ("Nos han mandado de Nueva York otro actor con aspecto mugriento") y el columnista Maurice Zolotov ("Era maleducado, torvo, brutal, sin el menor elemento de amabilidad, sensibilidad o consideración por los demás e incapaz de cualquier pasión romántica").

Pero era 1955 y aún faltaba Gigante. Dean estaba de moda pero huía de las masas. Para ello se compró un Porsche Spyder 550 y frecuentaba toda clase de carreras de las que sacó numerosas amistades. Su papel en el filme, una imposición de la Warner –que le dio un papel completamente secundario pero salvaje–, era para él una oportunidad de lucirse como un actor de carácter, pero el rodaje fue un infierno. Aquel drama épico sobre una familia de rancheros de Texas fue, además, un tostón de tres horas y media lento y anticuado en el que el director George Stevens no estuvo sembrado.

La cinta se salva del irremediable tedio gracias a la portentosa fotografía de William Mellor y a la belleza de sus jóvenes protagonistas. Utilizando la técnica del Actor’s Studio, Dean se valió de su amistad con Elizabeth Taylor para trabajar ese amor platónico que siente por ella en la película, y de su mala relación con Rock Hudson, con quien estuvo a la gresca todo el rodaje, para reflejar toda la animadversión que su Jett Rink siente por el patrón. Sin embargo, no logró lucirse más allá de las poses.

Ahí está la prueba más evidente de que tras un par de escenas hermosísimas, donde acaricia el lomo de un caballo o descansa solitario en un coche, había un actor aún muy limitado para los papeles contenidos, como se comprueba en el tercio final de la cinta en la que es incapaz de hacer de un Jett cincuentón sin provocar cierta mofa. Fue su peor papel y, sin embargo, que muriera en pleno rodaje convirtió Gigante en un mito y a Dean en su leyenda. Y nominación póstuma al Oscar, claro.

Pasión y muerte
Por contrato con la Warner Bros. no podía intervenir en ninguna carrera durante el rodaje de Gigante. Así que al día siguiente de acabar sus últimas escenas se apuntó a una en el aeropuerto de Salinas. Era el 30 de septiembre de 1955, y Dean había invitado a todos sus conocidos de Los Ángeles a asistir. Su Porsche había estado en el taller varios días, y como iba a ser la primera ocasión en que corría con él, decidió que no lo llevaran remolcado sino que quería conducirlo él mismo para ir rodándolo. Sin embargo, en el cruce de las vías 41 y 46 de la costa californiana, Dean no pudo esquivar el Ford Custom Tudor Coupé que apareció de la nada. Se rompió el cuello en el impacto y murió en el momento.

Su Little Bastard, como apodaba a su coche, quedó hecho añicos y su acompañante y el conductor del otro coche, prácticamente ilesos. Después del luto oficial, el mundo del cine y la intelectualidad neoyorquina y las revistas de cotilleos empezaron a especular sobre su vida, su muerte y su drama vital. La histeria no fue como cuando murió Rodolfo Valentino en el 26, ni siguieron su féretro durante días hordas de fans enloquecidas. La locura fue más taimada, una especie de necrofilia intelectual que le evocó como al salvador de una generación ávida por tener un héroe antiheroico. Se exprimió su leyenda desde el minuto uno.

La Warner tardó pocas semanas en sacar un documental sobre su vida, se abrieron clubs James Dean, se le invocaba en sociedades secretas y había quien aseguraba comunicarse con él para sacar los cuartos a las quinceañeras (y no tan quinceañeras). Se escribieron más de 200 artículos sobre las circunstancias de su muerte, libros, canciones, poemas, toda clase de teorías conspiratorias y especulaciones sobre su posible supervivencia.

Aquel mito furioso que destapó las inquietudes de toda una generación, precursor de la década de los 60, fue, ante todo, un hombre mitificado.

Víctima de su propia leyenda. Tal vez habría sido un actor interesante, habría hecho buenos y mejores trabajos (había firmado por Marcado por el odio y El zurdo). Tal vez habría sido un Brando o un Newman. O todo lo contrario. Tal vez le habría dado por la comedia romántica a lo Cary Grant o Gregory Peck, o en los 70 habría hecho cine de catástrofes como Charlton Heston o Steve McQueen. Tal vez habría sucumbido a los cheques y a Beverly Hills y habría acabado haciendo Dinastía en los 80 y algún show televisivo en los 90 sin mucho que ofrecer ya de sí mismo. O no. Tal vez habría sido una cara bonita más cuya estrella se hubiera pagado tras unos cuantos éxitos, como Steve Reeves. Tal vez habría sido como todos los demás…

Pero él fue un rebelde, feote, distinto, moderno, radical. Nuevo. Auténtico. Y, ante todo, fue una leyenda absoluta y desproporcionadamente mitificada, protagonista de tres películas y muchas fotos bohemias que, como él mismo profetizó, vivió joven, murió joven y dejó un hermoso cadáver
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